Hace 37 años

Todo lo que hemos fabricado en la vida, tarde o temprano es hallado por alguien.
Y ese alguien coloca la pieza en el interminable rompecabezas de nuestra historia,
acaso para recordarnos que estamos hechos de pedacitos, todos igualmente valiosos.
Ananías Hortoneda

Ensayo de Ambrose Eagleman en marzo de 1974
Gerardo Aguilar Tagle, Alberto Pasapera, Eduardo Pasapera, Tiroloco y Octavio Herrero

Desde hace 37 años, cada 27 de abril se cumple un año más de la aparición y desaparición casi inmediata de una de las bandas más importantes en la historia de la música a go go: Ambrose Eagleman, que ofreció su primer y único concierto masivo el 27 de abril de 1974, en un departamento de la calle de Donceles, con un repertorio variado de piezas originales y clásicos del rocanrol.

Diez años después –ya sin Eduardo Pasapera pero con Óscar Fernández y Jorge Escalante-, la banda se convertiría en Mamá-Z, nombre que conservó hasta 1996, año de su desaparición irremediable. Durante los siguientes once años, los amigos no dejaron de preguntar con insistencia si la banda original volvería a unirse. En 2007, con la desaparición física de Gerardo, quien dio la respuesta definitiva fue el cuervo de Poe: Nunca jamás.

1974 Annus Mirabilis



En enero de 1974 murió David Alfaro Siquieiros, y en febrero del mismo año el Ejército Simbiótico de Liberación Nacional secuestró a Patty Hearts, mientras Alexander Solzhenitsin era expulsado de su país. Dos días antes del Concierto de Donceles, Radio Renascença de Portugal transmitió Grândola, Vila Morena, canción revolucionaria de José Zeca Alfonso, que era la señal pactada por el Movimento das Forças Armadas para ocupar los puntos estratégicos del país (seis horas más tarde, el régimen dictatorial se derrumbaría frente a la contundencia de la Revolución de los Claveles). Y un día después del histórico espectáculo de Ambrose Eagleman, nació Penélope Cruz. Un mes más tarde, murió Duke Ellington, y el 9 de septiembre nació en Buenos Aires Ignacio Espósito, músico mexicano-argentino y baterista de Vieja Estación. El 20 de noviembre nació Felipe Hartasánchez Frenk, quien años más tarde fundaría Innis Mòr, agrupación dedicada al rescate en México de la música inspirada en la tradición celta (el maestro políglota Hartasànchez es, además, experto en disciplinas orientales como el Gonfu y el Chen Shi Taijiquan). Dentro de ese mismo mes murió Vittorio de Sica.

Ambrose Eagleman en 1974
Octavio Herrero, Gerardo Aguilar Tagle, Eduardo Pasapera y Agustín Aguilar Tagle

1974 también será recordado por ser el año en que aparecieron The Ramones y se estrenaron dos clásicos del cine: China Town, de Roman Polansky, y The Godfather II, de Francis Ford Coppola. ¿Qué discos son lanzados al mercado? Entre otros, Burn, de Deep Purple; Planet Waves, de Bob Dylan; It’s only rock ‘n roll, de los Stones; High Voltage, de AC/DC; Diamond Dogs, de David Bowie; Walls and Bridges, de John Lennon; Starless and Bible Black, de King Crimson; Roxy and Elsewhere y Apostrophe, de Frank Zappa, entre otros.

El 27 de julio de 1974, tres meses después del Concierto de Donceles, Ambrose Eagleman contemplaría en el Teatro del Ferrocarrilero a Chuck Berry, responsable principal de lo que por sus venas correría desde entonces, desde antes y para siempre: rocanrol.


Pero vayamos (otra vez)
al principio...

Fue en la primavera de 1974 cuando mi hermano Gerardo –acompañado de Chuck Berry y Keith Richards- me presentó a Octavio Herrero, un jovencito de dieciocho años de aspecto desenfadado, lentes gruesos y el cabello sobre el rostro.

En ese momento, pensé:

-¡Bah, otro hippie marihuano, como todos los amigos de Gerardo!

No fue así. Octavio fumaba Delicados, pero no otra cosa; y más que hippie, era una especie de existencialista de mediados del siglo XX. Durante los setenta, Octavio caminaba y se comportaba como si acabara de leer por enésima ocasión La Náusea de Sartre. Hoy, a propósito, treinta años después de esos primeros encuentros, mi amigo sigue pareciéndose a Antonio Roquentin, al menos en el hecho de que todo lo que escucha, todo lo que ve, todo lo que ama... le sabe a sí mismo. Este delicioso sabor del ego es el que lo ha llevado del amargo existencialismo de su adolescencia al exquisito hedonismo de su madurez.

Sí, Octavio pertenecía a otro tipo de personas, aunque lo que de él me gustó fue su amor por la música, su hambre de libros y su defensa del comunismo. Por su culpa, perdí la fe, ahora que me acuerdo (aunque, en realidad, no admití el hecho hasta hace poco). Mientras yo leía todos los títulos que la Editorial Minotauro publicaba de Ray Bradbbury, él andaba con el Manifiesto, profusamente anotado y con esquinas de hoja dobladas por todas partes. Alguna vez, incluso, casi nos convence a mí y a su novia de entonces de que formáramos una especie de secta dispuesta a hacer una revolución silenciosa. Comenzaríamos colgándonos una pequeñísima campana al cuello, para identificarnos. Si no lo hicimos fue porque seguramente, al otro día, Octavio se habrá levantado con nuevas ideas… y la estrategia de la campanita ya no entraba en sus planes masónicos.

Iniciamos nuestra juventud con Los Exaltados, de Robert Musil, dirigida por Juan José Gurrola y estrenada en 1974 en la pequeña sala que tenía la UNAM en Avenida Chapultepec. La escenografía art decó de Fiona Alexander me impactó tanto que aún puedo verla si cierro los ojos, y si Hugo Gutiérrez Vega recuerda el predominio del blanco y del negro, así como la existencia de un emplomado al centro, yo, en cambio, tengo presente la luz, mucha luz (no sé por qué, pero este recuerdo está íntimamente ligado a una de las manualidades que hice en preprimaria, con popotes unidos con engrudo).

Fue en ese mismo cuando el explorador Octavio probó con formas y procedimientos musicales más tradicionales , aunque igualmente complejos: de ese año es su Fuga #1, concebida para guitarra y publicada en Híper, una de nuestras primeras aventuras editoriales, revista mensual realizada en mimeógrafo.




¡El miméografo, el bondadoso mimeógrafo! Su uso era todo un ritual. Quitábamos a la máquina de escribir la cinta, limpiábamos con un viejo cepillo de dientes los residuos de tinta en los tipos, para que éstos perforaran directamente el esténcil (bajo el principio de la serigrafía). Entonces, ya contábamos con una página matriz que, ahogada en la tinta espesa del mimeógrafo, se multiplicaba en hojas de papel Bond (podía ser en otro tipo de papel, pero el idóneo para la palabra escrita era el Bond, por su resistencia y su nobleza).

Si alguien lee la partitura e intenta interpretarla, es muy probable que no encuentre en el compositor de 18 años de edad un nuevo J.S. Bach o una reencarnación de Dietrich Buxtehude. ¡O quién sabe, tal vez sí! Habría que escuchar la pieza (en una de ésas, resulta que acabo de descubrir un germen de genialidad). Sin embargo y aún sin escucharla, cualquiera puede reconocer en la precocidad de Octavio a uno de esos espíritus hambrientos con alma de exploradores omnívoros que tanta falta hacen en esta tierra de baladistas, paisajistas, latin american idols, gruperos, locutores y público que los acompaña (al menos en la Ciudad de México, llevamos varios años hundidos en lo que yo llamaría la Cultura Zafia, que se expande triunfante, patriotera, analfabeta, vivísima y fatalmente exogámica).

La ilustración a pie de partitura pertenece al mismo compositor, y está hecha sobre el esténcil con un estilete de aluminio que se usaba para el efecto. El dibujo parece referirse al viaje que realizó a Londres unos meses antes, acompañado de su primo Enrique Pasapera.

En fin, que Octavio componía música mientras sus amigos aprendíamos los movimientos del huztle y del bumping.


Abril de 2009
Agustín Aguilar tagle, Óscar Fernández Tenorio y Octavio Herrero,
miembros originales de Ambrose Eagleman/Mamá-Z
viajaron a Acapulco para estar presentes en la boda de Alejandra Aguilar Sámano,
hija de otro fundador de la banda: Gerardo Aguilar Tagle (1955-2007)

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